¿Corrección o comunicación?

Con frecuencia el traductor se enfrenta a la necesidad de elegir entre el término correcto y el término que tiene más posibilidades de entenderse. Podría decirse que tal dilema es imposible, ya que, por principio, si la lengua es de quien la habla, lo correcto es precisamente lo que se va a entender. El problema, al menos para el traductor de textos médicos, es que el español de la medicina es en buena medida una lengua traducida y que el cumplimiento del ideal de comunicación implicaría escribir en una especie de spanglish: en un porcentaje altísimo de casos, el término popular, divulgado, el que utilizan los profesores de medicina en las facultades, el que prefieren los investigadores, el que emplean los expertos en sus conferencias, el que publican las revistas de vanguardia es el calcado, el anglicado, el copiado sin apenas adaptación; mientras tanto, el término español considerado correcto languidece lejos de las páginas de las publicaciones y las bocas de los conferenciantes. ¿Qué debe hacer, pues, el profesional del lenguaje que se ve obligado a encontrar soluciones que concilien comunicación y corrección?

Puede que el origen de la cuestión se encuentre en que un porcentaje muy alto de la investigación científica se realiza en EE. UU. y que la lengua inglesa acapara la producción editorial científica original de mayor prestigio y es el motor de difusión de buena parte de los nuevos saberes y, por lo tanto, de los términos que designan los nuevos conceptos.

No es que el español no cuente con recursos para la neología; claro que los tiene, pero estos esfuerzos terminológicos suelen llegar tarde, cuando el término inglés se halla ya difundido. Por estética, por esnobismo, por comodidad, por costumbre, por desconocimiento de la lengua o del tema tratado, la gente de ciencias, que se preocupa más por la idea que por la palabra que la designa, utiliza más o menos crudos los términos que toma de la lengua que lee y que consulta como bibliografía para sus temas de estudio: el inglés. Y es natural, pues para el científico, insisto, lo prioritario es reflejar los conceptos y transmitirlos a otros expertos que seguramente comprenderán a qué se refiere. Así pues, los primeros escritos en español sobre un tema nuevo, fruto principalmente de la investigación en el mundo anglófono, ya incorporan terminología calcada o copiada, que mal que bien cumple con las necesidades comunicativas iniciales. Es en una fase posterior, probablemente ya lejos de las prisas de las primeras publicaciones sobre temas científicos de vanguardia, cuando suele empezar la reflexión terminológica en torno a la corrección: ¿Y no hay un nombre en español para esto, no hay un nombre tradicional? ¿Existiría la posibilidad de crear un término? ¿Es necesario crearlo, cuando ya existe uno en inglés que todo el mundo entiende? ¿Tengo yo autoridad, conocimiento, para hacerlo? ¿Tengo las ganas y el tiempo para sentarme a considerar todos los aspectos necesarios para ello? Estas preguntas nos acercan a la labor cotidiana de los traductores.

Veamos un ejemplo clásico: bypass ‘cirugía de derivación vascularʼ. En el lenguaje cotidiano de los médicos se dice /bai-pás/, término que todo el mundo entiende y que se usa ampliamente, incluso fuera del ámbito de los profesionales sanitarios. ¿Pero cómo se escribe, baipás en redonda o bypass en cursiva? La primera grafía está adaptada al español, pero causa bastante extrañeza. Además, en cualquier caso se trata de un anglicismo evitable: puede decirse derivación. ¿Pero es derivación un término suficientemente específico? Hay otras clases de derivación, de modo que quizá sería mejor clarificar en cada caso el tipo: cirugía de derivación arterial coronaria…, etc. ¿Pero esto no es ya demasiado largo, no parece más una definición que un término? Podría no caber en el espacio disponible. Por otro lado, no son preferibles revascularización, anastomosis quirúrgica, puente vascular, pontaje…?  ¿O no son sinónimos estrictos? ¿No es pontaje un galicismo, del mismo modo que baipás es un anglicismo? Digamos que derivación, por el contexto, es un término suficiente claro y específico, y además es el que recoge el DTM como preferible; ¿debe usarse en lugar de bypass, que es superior en términos comunicativos, salvo que se trata de un anglicismo? ¿Corrección o comunicación? ¡Qué dilema!

El profesional del lenguaje debe buscar un término que pueda comprenderse, naturalmente, pero que también sea prestigioso, que provoque aceptación, que no resulte chocante al lector al que va dirigido, pero muchas veces para ello se requiere cierta creatividad, porque los casos suelen ser más complejos que el de bypass-derivación (recogido en el Libro Rojo, en el DTM, resuelto, en general, a favor de derivación), sobre todo cuando no hay una traducción consolidada, habitual. ¿Por ejemplo, cómo debe traducirse, cuando se habla de tumores carcinoides de los bronquios, el término tumorlet? ¿Tumorcillo, tumorcito, proliferación bronquial atípica, lesión seudotumoral, tumor neuroendocrino microscópico, nódulo tumoral microscópico? Aunque concluyamos que alguna de estas soluciones es aceptable, tumorlet está más extendido en español y se entiende perfectamente. ¿Debe ponerse tumorlet, en cursiva? Hay casos más difíciles que este, en que el problema no es elegir entre opciones disponibles, sino crearlas, porque no las hay.

Personalmente, creo que los editores y traductores, a pesar de nuestra función básicamente comunicativa (y gracias a ella), tenemos una posición privilegiada (o muy comprometida, según se vea) para dar soluciones a problemas de este tipo y que por ello tenemos cierta responsabilidad de cara al desarrollo de la terminología en español. Creo que el lenguaje científico-técnico, más normalizado y artificial, más propenso a buscar estándares que la lengua natural general, puede beneficiarse de la capacidad de documentación y de la creatividad terminológica de los profesionales del lenguaje. Y si tenemos la posibilidad de consultar a un lingüista e incorporar criterios de un terminólogo experto, mejor que mejor.

Por otro lado, precisamente debido a que pertenecemos a un entramado profesional, el cliente es el que manda y muchas veces los revisores que trabajan para él, que suelen provenir de la esfera científica y no de la del lenguaje, tienden a preferir los usos más anglófilos. No digo que haya que enfrentarse abiertamente al revisor, pero sí quizá hacerle ver que el español cuenta con recursos para decir lo mismo sin tener que usar tantas cursivas y comillas.

En mi opinión, para casos como el de bypass puede optarse simplemente por derivación vascular o derivación a secas, siempre que el contexto lo permita. Para casos más complejos, en que, dado el alto grado de creatividad o la poca difusión de la solución terminológica, no pueda prescindirse del término original, conviene poner entre paréntesis la palabra original en su primera aparición, para crear un punto de correspondencia, y a partir de ese momento usar sistemáticamente el término en español, con atrevimiento y convicción. Cabe la posibilidad de que en el futuro, si el término se asienta, pueda prescindirse del recurso al paréntesis.

Hay mucho más que decir acerca de esta cuestión difícil y polémica con la que se topan todos los traductores en su trabajo cotidiano, así que invito a los lectores a aportar sus opiniones y ejemplos de dilemas entre comunicación y corrección. Por lo pronto, se me ocurre que corrección no es sinónimo de pureza o casticismo, es decir, que no todos los términos menos preferibles lo son por ser anglicismos. De hecho, el uso de muchos anglicismos existe para no emplear términos castizos menos apropiados.

La idea de esta entrada surgió de una conversación con un muy apreciado traductor, a quien agradezco que sacara a la luz este tema.

3 Comments

  1. Juan Manuel Martín

    Donde se dice “(…) el español de la medicina es en buena medida una lengua traducida”, yo escribiría “(…) el español de la medicina es en buena medida una lengua mal traducida del inglés”. También es una lengua traducida el español de la filosofía, fundamentalmente del griego y del latín y, más recientemente, del alemán y del francés. La diferencia está en que se trata de una lengua (el español de la filosofía) traducida por personas instruidas (tales como Emilio Lledó y Valentín García Yebra, entre otros, en el caso del griego, y José Ortega y Gasset, José Gaos y Wenceslao Roces, entre otros, en el caso del alemán), mientras que los textos de medicina del inglés están traducidos –y revisados– en su mayor parte por analfabetos funcionales, generalmente traductores y revisores “sobrevenidos”, con los mismos conocimientos sobre traducción que yo puedo tener sobre teología sintoísta. Esto es más difícil de decir y reconocer que plantear el manido dilema entre corrección y claridad (comunicación). No existe tal dilema, como se demuestra por los siguientes hechos: 1) el problema de la traducción del inglés es de carácter general, con lo cual quiero decir que no encontramos malas traducciones solo en lo que se refiere a los términos técnicos de la medicina, tales como bypass, sino también en términos incidentales perteniecientes al lenguaje general. El problema en medicina no es tanto cómo se traduce bypass o dysreflexia, sino cómo se traduce often, should, discuss, share, admit, ignore y tantas otras palabras que nada tienen que ver con los tecnicismos. Y, desde luego, hoy en día es más grave el problema sintáctico (el calco de las frases escritas en inglés) que el terminológico. Si hubiera un dilema entre claridad y corrección, ¿por qué fatigue se traduce la mayor parte de las veces por fatiga en vez de por cansancio? ¿Qué tiene que ver aquí la necesidad de claridad frente a la necesidad de corrección? 2) Si un término inglés tal como amputee identity disorder se ha traducido al español, como cabría esperar, como trastorno de la identidad amputada, aún a sabiendas de que la identidad no sufre ningún tipo de amputación, ¿por qué se ha hecho? ¿Para ganar en “comunicación”, es decir en claridad, a expensas de la corrección en español? Pues si este ha sido el motivo, la operación ha resultados fallida, puesto que nadie en su sano juicio entiende a qué se refiere esto de la identidad amputada. Este término está mal traducido, porque es incorrecto en español, pero incorrecto precisamente porque no es claro. Es decir, no hay oposición entre claridad y corrección: LO QUE ES INCORRECTO LO ES PRECISAMENTE PORQUE NO ES CLARO, o, lo que es lo mismo, porque discomunica.

    • Hola, Juan Manuel. No puedo dejar de estar de acuerdo con lo que dices sobre el carácter de los problemas de traducción: quizá más importante que lo terminológico sea lo sintáctico, lo general. También coincido contigo en que, en lo terminológico, la incorrección se debe en gran medida a la falta de claridad, fruto de una traducción deficiente. Ahora bien, esto no invalida, sino que más bien complementa, lo que yo digo en mi entrada: en lo terminológico al traductor se le plantea muchas veces el dilema de elegir entre lo correcto (aceptado por los que saben, que suelen encontrar el término en español) y lo difundido (aceptado por los que usan la lengua, más o menos irreflexivamente). Ya lo digo al final del artículo: no todas las incorrecciones lo son por anglicistas, pues hay términos mal formados de uso generalizado con otro origen y que son malos debidamente a su falta de claridad. Lo que no es claro es incorrecto, de acuerdo; pero no todo lo claro es correcto: ese es el punto.

  2. Hola Juan Manuel:

    Somos Traductores Compulsivos y hemos decidido nominarte a Versatile Blogger Award. Enhorabuena.
    http://traductorescompulsivos.blogspot.com.es/2012/04/versatile-blogger-award.html

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